jueves, abril 19, 2007

A veces llega...



"...es el dolor gélida daga que atraviesa la confianza, la destruye; simplemente nos hace desaparecer con el tiempo, con la brisa, con la bruma de la mañana..."

Hace algún tiempo comencé a escribir eso que ven arriba; nunca lo terminé, y hoy lo he encontrado perdido entre los turbios anales de un computador.
La verdad es que nunca fui ni seré escritor (no al menos como lo consideran muchos pues no soy capaz de transferir sentimientos a palabras sin caer en la perversión del sentimiento mismo) y es que a estas alturas de mi juventud, pues aún estoy en ella, no me interesa demasiado; más me gusta reflexionar, pensar que pienso, irme entre el flujo y reflujo de palabras muertas, revividas en un instante en que no queda otra cosa más que esperar que llegue la inspiración...

La visita

Si quisiese hablar de dolor diría que lo veo a diario; cruza frente a mi ventana y me saluda pues hoy no ha venido a visitarme; ha decidido destruir otras confianzas, buscar otros nichos en pechos vacíos para alimentar su propia desesperanza pues ya se cansó del trabajo, ya le duele seguir siempre en lo mismo, siempre doliendo, siempre dolido.

Va con la capa raída por el tiempo de inclemencias en que se bambolea de un lado a otro buscando su espacio, queriendo querer sin quererse siquiera. Lo veo cruzar la misma calle, albergarse bajo los mismos portales, subiendo las mismas escalas como si fuesen atrios en donde un público sordo se dispone a escuchar la eterna perorata del que da aquello que siente.

Y se va por caminos imaginados, con ropas dolidas de tanto andar; el dolor se va y yo lo veo... quizás un día toque a mi puerta y no sentemos y charlemos; quizás un día descansé sobre mi hombro; quizás un día el dolor llegue y se quede y yo pueda hablar del dolor no imaginando, sino que sintiendo.

Tocan la puerta.

lunes, abril 16, 2007

¿Evaluar? ¿Educar?


La profesión docente es, sin lugar a dudas, una profesión integral; el rol del profesor no se limita sólo a instruir, sino que también a educar.


El rol del educador ya no se limita al aula, atraviesa sus límites, trasciende a la vida misma del alumno; el enfoque creativo y educativo, por lo tanto, no debe centrarse en las escuálidas fronteras de la sala de clases, sino más bien debe fijar su mirada en todo aquello que interfiere en la formación del alumno.


La evaluación entonces, no solo debe medir, no solo debe jerarquizar, sino que también debe ayudar a formar; se transforma en una herramienta fundamental al momento de diagnosticar, en el instante en que se deben tomar las decisiones necesarias para adaptar y así optimizar el trabajo. Si consideramos esta función como primordial, podremos dar un mejor enfoque a nuestro trabajo.


La Pedagogía es transversal a la sociedad; si es la evaluación parte de ella, entonces su función se vuelve vital al momento de progresar, de hacer que cada día se vuelva más fructífero no sólo para el alumno, sino que también para el profesor, pues sin retroalimentación la Educación se vuelve deficiente.


Cuanto nos falta aún por ser realmente Profesores... pero ya es menos que ayer.

jueves, abril 05, 2007

Cuando el recuerdo no pasa

Decía mucha gente que perdonar es olvidar. ¿Qué pasa cuando el propio recuerdo no quiere olvido? ¿Significa entonces que no quiere perdón?

Ya ha pasado un año desde que te conocí; han pasado muchas cosas, muchas situaciones a veces poco entendibles. Quise yo resguardarme en el olvido, quise ocultarme en los estudios, quise esconderme de mi mismo... quise muchas cosas pero ninguna me dió una solución lo suficientemente consoladora.
Ya ha pasado un año y me doy cuenta cada vez con más razón de que nada puedo hacer para dar vuelta este reloj de arena que quisiera volviese a contar. Nada he podido hacer para detener este tiempo implacable que consume mi tiempo y que ya consumió el tuyo con hambre sangrienta sin piedad ni rencor, sin condena ni salvación.
¿Qué pasó con nuestro tiempo? Como quisiera volver a tener nuestro tiempo en mis manos para volver a abrazarte y decirte cuanto te quiero, cuanto te extraño, cuanto me arrepiento de rendirme en la búsqueda y que finalmente fueras tu el que me encontró, cuando era yo el que debía encontrarte.

Y ahora estoy aquí, recordándote, recordando aquel juramento en esa noche fría en la que el mundo no fue capaz de detenerse para que te viera antes de partir, que sólo me dió la oportunidad de ver una cáscara vacía, un ser inerte sobre el que derramé las lágrimas más amargas de las que tengo recuerdo.

Y estoy aquí tomando y dando, queriendo este mundo de magia que me hiciste conocer, este sueño de mundos inventados, de sombras en el agua, tan difusas y reales como que te amo aún y que no puedo dejar de acordarme de ti sin que lloré como la noche en que aprendí que perdonar no es olvidar sino volver a entregar.



A ti Fernando Gallardo,
a un año de conocerte y
a muchas vidas de olvidarte.


Fernando Martín Gallardo Vivar
(4 de abril de 1982-11 de junio de 2006)
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